El peso de los años se asentaba en sus hombros, pero no como la carga de antaño, aquella que lo había doblegado bajo el yugo de tristezas profundas. Recordaba con una claridad punzante las noches oscuras donde la muerte se antojaba un puerto sereno, un alivio al dolor que le arañaba el alma. Había deseado entonces el final, la disolución en la nada, como un mendigo ansía una moneda para calmar su hambre.
Pero el destino, caprichoso y a veces benévolo, lo había conducido a una serenidad inesperada, a una dicha tardía que florecía en el ocaso de su existencia. Ahora, al sentir el frío abrazo de la parca acercarse, no había miedo en su corazón, solo una paz profunda. Miraba hacia atrás, a las sombras superadas, y hacia adelante, a la oscuridad que ya no le aterraba.
Una nueva clase de deseo, sutil y paradójico, germinaba en su interior. No era el anhelo desesperado de huir del sufrimiento, sino una suave aspiración a que este instante de felicidad plena se extendiera, se volviera eterno. Pensaba: “¿Qué mejor manera de perpetuar esta dicha, de grabarla indeleblemente en el tejido del tiempo, que morir ahora, abrazado por ella? Que la muerte me encuentre sonriendo, que me lleve consigo este último sabor dulce de la vida. Así, quizás, esta felicidad se convierta en mi eternidad.” Y en ese pensamiento, hallaba una extraña y final forma de consuelo.